01- A Highway to Hell

-¿Vamos a llegar, algún día?

Hannah Atherton observaba desesperanzada la carretera, con la cara pegada al cristal de la camioneta que sus padres habían comprado para la mudanza. El cristal helado le congelaba la nariz, pero hacia exactamente 4 minutos eso había dejado de importar, apenas y la sentía. Después de una hora, probablemente ni siquiera recordaría que tenía una nariz. Y lo más triste era que aquello era, de lejos, el evento más interesante del día. Si al menos el paisaje fuera ligeramente menos inocuo, tal vez.

Bosque, pinos, lluvia, lluvia, mas pinos. Algún pequeño pueblo o una gasolinera de vez en cuando, pero eso era todo. Era bastante bonito, si, las primeras dos horas de trayecto. Y era poco menos de lo que se suponía que tenia que haber durado el trayecto, pero el hecho era que llevaban prácticamente todo el dia en la carretera y el “encanto bucólico” del paisaje, como diría su antiguo profesor de arte, ahora estaba mas cercano a ser un completo cólico. Profirió un pequeño  gruñido de hartazgo. Empezaba a dudar que el estupido pueblo existiera, en realidad.

Su madre volteo desde el asiento del copiloto, disgustada.

-Yo también llevo todo el día en el auto, Hannah. Deberías quejarte menos, mira a Henry.

Evidentemente, a Claire Atherton tampoco le encantaba la idea de pasar un dia entero metida en un todo terreno, por muy amplio que fuese. De ves en cuando le lanzaba miradas de profundo fastidio a su marido, Robert, que seguía negándose a  parar en la siguiente gasolinera y pedir indicaciones. Hombres,  pensó Hannah con distraída exasperación. Y claro que Hannah miraba a su hermano, preguntándose de que retorcido medio se valía la videoconsola portátil para extraerle el cerebro. Si, no se había quejado en todo el camino, pero tampoco parecía haberse dado cuenta de que llevaba doce horas sin comer. O caminar, ir al baño… Aunque Henry tenia trece años, solo tres menos  que ella, así que no podía atribuir su increíble capacidad de dejarse la inteligencia en la primera pantalla de plasma que se le cruzara a la brecha generacional, de modo que el hecho se sumaba a la inagotable cantidad de anécdotas que hacían que su opinión sobre el sexo masculino últimamente fuera mas bien pobre.

Su madre, a quien las feminazis, como las llamaba, desagradaban casi tanto como los trabajadores ilegales machos, le había advertido lo repelente que resultaba expresar aquella actitud en palabras, por lo que la limitaba a su pensamiento, ya que a pesar de estar completamente segura de que el cromosoma Y equivalía a idiotez crónica, incluso a ella le parecía una postura demasiado sobreusada. Tal vez sea la adolescencia, pensaba, sin demasiado convencimiento.

¿Y a donde iban? Bueno, esa era una buena pregunta. En ese instante mismo, se sentía tentada a pensar que a ninguna parte. Pero, con exactitud, a un pequeño pueblo llamado Uncanny Valley. Si, un nombre bastante estúpido, pero quien quiera que fuera el culpable seguramente llevaba unos cuantos cientos de años muerto, así que realmente no había nada que hacer al respecto.  Le decían ”pueblo” aunque realmente era mas como uno de esos diminutos suburbios de clase alta, con mucho esfuerzo llegaría a tener cien habitantes. Pero un suburbio tenia que tener una ciudad a la que rodear, así que en teoría si, se trataba de un pueblo. Tenían familia allá, un primo de su madre, si no recordaba mal.  La abuela, que había muerto unos años antes del nacimiento de Hannah, había vivido su infancia allí.

Claire Atherton parecía emocionada con la perspectiva de la mudanza, así como su esposo. Y a Henry no le importaba, y, lo mas terrible de todo, realmente a Hannah tampoco. Sin prestarse a mal interpretaciones, claro, mudarse de Park Avenue a un punto anónimo y perdido en el mapa de la Costa Este (tan perdido que probablemente les llevaría el día y la noche completos encontrarlo) era en toda regla una tragedia, y Hannah se había encargado del dramatismo de rigor, pero, admitía decepcionada consigo misma, había sido eso, drama barato. Actuación. Sin  comprender muy bien porque,  realmente no se sentía demasiado conmocionada con la mudanza. Siempre podrían hacer viajes a Manhattan para las compras, Robert Atherton era un hombre prudente y sabia que no podía pedirle a su hija, y muchísimo menos a su esposa, que se vistieran con lo que fuera que se pudiera encontrar en aquel rincón abandonado por la mano de dios.

Y la verdad, Hannah era bastante popular, pero ninguna de sus amigas era irreemplazable. También, aunque eso no lo admitiría ni aunque le metieran cuchillas entre las uñas y la carne, como había leído alguna vez que los chinos solían hacer (todos pequeños y crueles, como decía su madre) en realidad la emocionaba en cierta medida, aunque no sabría decir por que, tampoco. Después de todo, no había visto el maldito pueblo ni en fotos. Otra razón mas para dudar de su existencia. Dio un largo bostezo y se acomodó de nuevo contra el cristal. Al menos el paisaje variaba un poco en la noche, la oscuridad que poco a poco se apoderaba del cielo, que ahora presentaba un tono grisáceo  parecía reflejarse en los árboles, que se veían totalmente negros, sombras lustrosas que escurrían helada agua de lluvia. Medio ida entre el paisaje, escuchaba vagos retazos  de la conversación de sus padres, al parecer habían encontrado el camino, por lo que la marcha aumento, ahora los árboles y las inquietantes sombras que proyectaban pasaban mas rápido, casi fundiéndose unos con otros y con la ilusión de figuras extrañas entre sus ramas.

Al fin, apareció un signo de esperanza, el auto se detuvo. Hannah pudo ver, justo en frente de  su ventana, un torpe letrero de madera que alguna vez habría sido blanco, que llamo su atención de manera inmediata. Era una forma realmente obsoleta de señalización, mas propia de películas viejas que del día a día, pero bueno, el día a día tal vez todavía no llegaba a ese rincón perdido, pensó Hannah con una sonrisa de ironía. Fuera del lienzo en el que estaba escrito, el mensaje era esperanzador.

Unncanny Valley: 80 kilómetros

Su padre hizo un ruidito de satisfacción, que hizo a Hannah poner los ojos en blanco

-¿Lo ves, Claire? Te dije que conocía el camino

Su madre resoplo.

-Fabuloso. Y solamente te tomo once horas.

La rutina de oír discutir a sus padres no afectaba a Hannah para nada, y cuando era por una completa tontería -como no era el caso- incluso podía sacarle una sonrisa. Pero, junto al hecho de que al fin llegarían al estúpido lugar, y al fin bajarían del estúpido auto, nada hubiera podido arruinar su humor. Por primera vez en todo el trayecto, Henry dio señales de vida. Si eso no hubiera traído implícito el que abriera la boca, Hannah también lo habría considerado como una buena noticia.

-Muero de hambre. ¿Crees que tengan un McDonalds?

Hannah no sentía realmente ningún afecto por la lechuga mustia y la carne con sabor a cartón, pero después de un día entero sin llevarse nada a la boca, realmente no se quejaría de hacer una visita al McBarato. Aun así, miro mal a Henry. Había cosas que simplemente no se pasaban por alto.

Después de eso, tardaron aun un buen rato antes de ver otro rastro de civilización. La carretera, mantenida en un pésimo estado que casi podría considerarse deliberado, no ayudaba mucho en ese aspecto. Hannah, todavía apoyando todo su peso sobre el cristal reforzado (Ridículamente grueso, había dicho su madre, solo los narcotraficantes necesitan eso, pero su padre, llevado por alguna extraña paranoia, había insistido. Pues bien.) veía el aspecto del bosque ser ligeramente menos aburrido. No habría sabido decir por que, tal vez influía el hecho de que ya había oscurecido completamente, pero no, no era solo que el campo de visión fuera menor, había cierta… inquietud. Podía verse a simple vista, aunque pareciera que todo estaba igual.

Desoyendo las protestas de su madre y las sospechas paranoicas de su padre, bajo el cristal, habían pasado un señalización que ordenaba bajar la velocidad unos cientos de metros atrás, así que podía apreciar bastante bien el paisaje. Tenia que reconocer que el aire del bosque era maravilloso, pero no dejo que la distrajera. Sentía algo distinto en el ambiente desde que habían pasado el letrero de madera podrida, y podía jurar que no era cosa suya. Sus padres también se mantenían en silencio, mirando por los cristales,  y Henry no prestaba casi nada de atención a su videojuego.

Y no decían nada. El silencio le permitía oír algunos sonidos, el canto de uno o dos pájaros desubicados, el susurro del viento entre las hojas de los árboles y la hierba alta, algunos movimientos entre los arbustos, conejos o algún roedor parecido. La pacifica música de ambientación del bosque, que en cualquier otro bosque seria un sonido agradable y relajante, pero en aquel lugar se escuchaba forzado, tenso, algo siniestro, si pero en Hannah tenia un efecto extrañamente excitante.  Recordaba de manera difusa haberse sentido de esa manera antes, tres años atrás, cuando tenía la edad de Henry.

Ella y algunas chicas del liceo habían robado algunas botellas de las reservas de sus padres y la habían bebido a conciencia, hasta el punto de coaccionar al chofer de Kathy, una chica de rubio cabello seco y voz chillona, para que las llevara a un cementerio ruinoso y medio abandonado, cerca del Bronx. Aunque a las chicas se les evaporo toda la valentía insensata del alcohol después de sobornar al guardia de la entrada, y avanzar algunos cortísimos pasos de gato asustada entre las lapidas y cruces. A todas menos a Hannah, que había sentido por primera vez esa mezcla de expectación e inquietud, que la enervaba de una manera escalofriante, pero no desagradable. Ella se había adentrado en el cementerio, en silencio, con una sonrisa extraña en la cara, que ni ella misma podía entender. Había recorrido el camposanto con lentitud, tomando se su tiempo, leyendo las inscripciones y fechas sobre los sepulcros, imaginando las vidas de aquellos a cuyos cadáveres pasaba por encima. Había tardado una buena hora en volver a la entrada del cementerio, donde Kathy y sus amigas, con el cerebro seco igual que el pelo de esta, esperaban, muertas de miedo. Vacas estúpidas,  había pensado Hannah, pero se limito a dedicarles una sonrisa triunfal y volver al auto, donde el chofer esperaba hecho un manojo de nervios.

Y si, por alguna razón el sentimiento que le provocaba escuchar el viento susurrar entre los árboles, ver la oscuridad agitándose en aquel remoto paraje perdido en algún lugar al norte, se parecía bastante al del cementerio, aunque era de una intensidad mucho menor. Tal vez se debía a que no había alcohol de por medio, pensó… Pero el que no resultara algo tan intenso, enervante, aquella parte extrañamente reconfortante, aquella sensación de pez en el agua seguía allí. Con sueño, demasiado sueño como para subir los vidrios, se ajusto la chaqueta y se apoyo en los cómodos asientos de piel, sintiendo la brisa lúgubre sobre su rostro al cabo de un rato contemplando la espesura al lado de la carretera con una sonrisa de gato satisfecho en los labios, Hannah comenzó a dar cabezadas, el pueblo seguía bastante lejos, al parecer. Cerro los ojos lentamente, sintiendo que no había salido de casa y al abrirlos, no noto ninguna diferencia, algo molesta, sintiéndose estafada por aquel letrero de madera, volteo de manera somnolienta hacia sus padres, en el asiento delantero, a ellos el ambiente también parecía relajarlos, solo miraban al panorama, que debía ser increíblemente recto, ya que su padre apenas tocaba el volante. Henry miraba por su propia ventana, igual de callado que sus padres o ella misma. Cosa rara, había dejado su fastidiosa videoconsola de lado, en el asiento. De pronto, Hannah noto que aquella seguridad que había sentido en el ambiente se enrarecía, cambiaba de forma de alguna manera que no estaba al alcance de su entendimiento, pero se convertía en una sensación mas parecida al miedo. Tuvo el impulso de volver a mirar a la ventana, estaba segura de que algo tenia que haber cambiado. Se volteo con rapidez, todo rastro de sueño la había abandonado, pero no había nada a que mirar, solo su reflejo, de nuevo.

Se quedo en silencio unos segundos, mirándose, y comenzando a preguntarse si no estaba teniendo un pequeño episodio de paranoia, que al parecer era algo que corría por sus venas, cortesía de su padre. Aunque, por otro lado, en su reflejo se veía bastante tranquila, incluso con una ligera sonrisa en los labios. Que raro, se veía pálida, era una pena que el bronceado que había tomado en los Hamptons se le hubiera ido tan pronto… Y su pelo, no era dorado, pero su tono cenizo no era tan oscuro como se veía en el cristal, no. Y entonces, abrió los ojos como platos, gesto que la chica del reflejo no imito. Por que no había entre ellas ningún cristal que pudiera crear tal reflejo.

La miraba directo a los ojos. Sus labios se curvaron en una sonrisa grotesca.

El agudo grito de Hannah por un segundo pareció ser el causante de que el auto derrapara, un bulto de tela blanca se estrello contra el cristal de la ventana de en frente, sin llegar a romperla, pero produciendo un sonido que se le perforo el entendimiento, un fuerte golpe sordo, que parecía contener mas sonidos en su interior, crujidos, el sonido de algo reventando… cuando el bulto desapareció, una gran mancha roja se extendió sobre el parabrisas.

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Su madre respiro profundamente mientras se abrazaba su padre, aliviada, incluso su cara recuperaba algo de color bajo las luces del lobby del hotel. Robert Atherton, en cambio tenia una expresión de cortés incredulidad

-Entonces ¿No han encontrado nada?

Damien Ackerley, jefe de policía de Uncanny Valley, además de, casual y convenientemente, primo de  Claire Atherton frunció el ceño, evidentemente el también encontraba algo sospechoso, pero no parecía dispuesto a arrestar al marido de su prima por un delito sin cadáver. Seria un delito sin victima, pero a pesar de que los agentes de policía del pueblo estaban peinando el área sin encontrar nada, aun estaba la mancha, que cubría casi todo el parabrisas.

-Nada, ni nadie. Te lo digo, Claire, probablemente sea alguna broma pesada de los chicos de Riverside o Hamleton.- Dice, volteándose hacia su prima, sin lucir demasiado convencido. ¿Como podría estarlo? La mancha no es de jugo de tomate, eso seguro. Además, hay gamberros en todas partes, pero que los chicos de los pueblos vecinos se reúnan en  carretera de entrada a Uncanny Valley a esperar autos, sobretodo si, como Hannah ha notado, no parece que entren muchos, parece simplemente estúpido. Aunque lo que parece sugerir el semblante del primo de su madre es que es muy probable, pero no posible en esas circunstancias.

Hannah se lleva la mano a la cabeza y cierra los ojos apretándolos con fuerza.

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Al derrapar y salir de la carretera, híperventilaba y clavaba las uñas en los asientos de piel, histérica, algo que evidentemente ella y su hermano habían heredado de su padre, que hacia exactamente lo mismo en el asiento del conductor, mirándolos a ellos para no ver la mancha de sangre que parecía expandirse un poco mas con cada segundo. Su madre, por otro lado, a pesar de tener congelada casi por completo la expresión de la cara, y los ojos abiertos como platos, había tragado saliva y abierto la puerta del copiloto

-Tal vez siga vivo-, explico.

El que los pasos de su madre, siempre con tacones de doce centímetros, no hicieran ningún sonido le confirmo a Hannah que el accidente los había sacado de la carretera, algo que no podía comprobar por el parabrisas cubierto de rojo, ni por las ventanas laterales, por las cuales no se atrevía a mirar. Ella y Henry miraban a su padre a los ojos, sin moverse, sin decir nada, casi sin respirar.  Después de lo que parecieron dos horas, pero que por lógica debían haber sido unos dos minutos, Henry rompió el silencio, articulando las palabras débilmente, tartamudeando

– ¿Q-que pasa si lo m-matamos? –

Su padre suspiro y se llevo una mano a la frente. Al menos su voz sonaba mas firme que la de Henry.

-Esperemos que no, hijo.

Después de otra breve, eternidad, su madre volvió, luciendo compuesta, pero con los ojos todavía abiertos a su máxima capacidad, volvio a sentarse en el asiento del copiloto, se acomodo la tela de la chaqueta con las manos, tomándose sus propios segundos para respirar.

-Nada.- Dice ella, tan rápido que apenas se le entiende.

-¿Que? ¿Como…?- Responde su padre, casi sin aliento

-Nada al rededor del auto, nada en la carretera, incluso camine un poco dentro del bosque. Nada. Nadie- Ha dicho todo eso sin hacer espacio entre palabra y palabra. Se detiene un corto segundo para tomar aire -Llamare a Damien- También toma su bolso a máxima velocidad, pero su padre logra intervenir

-¿Tu primo? ¿El policía?-  Su voz suena alarmada, aunque Hannah no podría decir claramente en que medida

-¿Que mas podemos hacer? -Sonríe sarcástica, haciendo una mueca amplia y seca con los labios. Hannah tiene que cerrar los ojos un segundo, le recuerda demasiado a la visión de la ventana. -Para deshacerse de un cadáver tiene que haber uno-, replica agriamente y saca su móvil, marcando un numero de memoria, el silencio es tan mortal que Hannah puede contar cuantas veces suena el teléfono, una, dos, tres, cuatro…

-Hola  ¿Damien? veras, hemos tenido un ligero incidente…

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Hannah pasa su mano, nerviosa, por el brazo del sillón, acariciando la gamuza con sus dedos mientras sus zapatos se hunden en una alfombre persa, se abstrae unos instantes de la conversación de los adultos, pensando en su visión de la ventana, sin molestarse en encontrarle una explicación, va por lo fácil. Fue una alucinación, estaba durmiéndose, probablemente habrá sido el comienzo de una pesadilla, y se despertó cuando el auto derrapo. Si, claro. Por un momento agradece no haberlo dicho en voz alta, por que ni si quiera en su cabeza suena convincente. ¿Como podría?

Descansa un poco el cerebro paseando sus ojos por la cargado decoración del Lobby del hotel, si, al parecer tendrá que esperar hasta el día siguiente para conocer la casa nueva. El Uncanny Valley Emporio sigue un concepto bastante desactualizado, aunque a Hannah no le molestan para nada los muebles de caoba tallada, ni los cojines de terciopelo ni las arañas de luces. Se han concedido algunos toques de excentricismo en la decoración de las paredes forradas, de simple y formal papel tapiz a franjas escarlatas y doradas, de las que cuelgan objetos inconexos. Algunas espadas y sables, de aspecto mortífero y antiguo, muchos mas relojes de los necesarios, de oro, plata, latón, ébano y alguna madera blanca que Hannah no reconoce, juntos crean una leve melodía al marcar los segundos. Se permite cerrar los ojos un segundo, pensando con placer en que en algún lugar de aquel edificio le espera una cama, pero abre los ojos rápidamente, recordando que sucedió la ultima vez que dio una cabezada

Puede ver que su hermano, como ella, revisa la decoración para distraerse, incomodo. Piensa en acercarse y hablar con el, pero no lo hace ¿Que va a decirle? No puede decirle de la chica de la ventana, la tomara por loca. Sin estar muy equivocado, probablemente. Los tres adultos se acercan a ellos, Damien Ackerley mira a sus dos… ¿Primos segundos? ¿Sobrinos? con interés antes de voltearse hacia Claire,  con un semblante bastante mas tranquilo del que le han visto en las escasas horas que llevan conociéndolo.

-Se parecen a ti-, dice con una sonrisa de par en par

Y es cierto, Hannah y Henry han heredado el cabello color paja y la piel morena de su madre, aunque sus ojos no son azules, como los de ella y Damien, sino del mismo verde grisáceo. Los rasgos de la cara de Henry también recuerdan a él, sus abuelos dicen que es igual a su padre cuando tenia su edad, pero en lo que a Hannah respecta, ella comienza a pensar que tiene mas de Ackerley que de Atherton, los dos primos se parecen mucho, y Hannah siempre le han dicho que es igual a su madre. Le sonríe amablemente a Damien, aceptando lo que a su modo de ver seguramente será un cumplido

-Es una pena que hayamos tenido que conocernos en estas circunstancias- le dice, con cortesía.

-Y también maneja las palabras como tu -le sonríe a su madre antes de dirigirse a Hannah- Bueno preciosa, déjame decirte que de todos modos me has causado una primera impresión excelente -se, ríe, viéndose mas joven. Hannah piensa que no llegara a los treinta y cinco años. El se voltea hacia Henry con el mismo buen humor

-Supongo que tu serás mas de acción que de palabra ¿o no? -le dice con jovialidad, pero también con leve dejo de ironía- Probablemente te llevaras bien con mi hijo, el tampoco habla mucho.  Le paso la mano por la coronilla, despeinándole el pelo y ganándose una sonrisa de la permanente mala cara de su sobrino.

Oh, se había olvidado de que Damien tenía un hijo. Dos, una era una niña que debía ser solo algo menor que Henry, al menos según lo que su madre le había dicho. Y se veía tan joven… Hannah hizo un esfuerzo por imaginar a que edad se había convertido en padre, en las fotos de su boda, que eran lo único que Hannah recordaba de el, parecía apenas adolescente, al lado de una chica de labios llenos y cabello rojo que tampoco tenia para nada apariencia de adulta. Hannah se preguntó, con una media sonrisa jugando en su cara, si no habría algún escándalo detrás de aquella boda prematura… aunque ambos se veían felices…

Sus padres interrumpieron el breve momento familiar, ellos no se habían recompuesto tan fácilmente como Damien, y además, parecían tensos, como con un nudo en la garganta.

-Niños, ha sido un día muy largo. Ya hemos hecho el registro en la recepción del hotel. ¿Quieren ir a pedir sus llaves? necesitan descansar un poco. Nosotros tenemos un asunto que tratar con el primo de mama, pero subiremos en un rato, ¿Esta bien?-

Oh, así que era eso. Había algo que no querían que ellos escucharan, Hanhah no le dio mucha importancia, probablemente se trataría de algún insidioso detalle legal o algo aun mas aburrido, y probablemente a su hermano se le ocurrió lo mismo, pues ambos asintieron, sonrieron y se despidieron de Damien con prisa. Seguro Henrry también estaba molido después de aquella tardecita

No había mucha distancia entre el lobby bar y la recepción del hotel, adornada con cabezas de león disecadas y una pesada araña de luces, de colores parecidos a los de los vitrales de las iglesias. Aparentemente estaba desierta, por lo que Hannah poso su mano brevemente en el timbre, cuyo sonido era bastante mas fuerte de lo que ella se esperaba. Casi al instante, escucho unos tacones caminando por el pasillo detrás del cubículo de la recepción. Hannah se tomo unos segundos para apreciar a la dueña de los zapatos Loubutin.

Incluso sin esos quince centímetros de regalo, habría sido bastante alta, llevaba un vestido negro de día, que dejaba al descubierto los hombros por los cuales caía lacio y sedoso cabello color chocolate. Caminaba con un aire de seguridad y desenvoltura que la hacia parecer aun mas alta, y tenia las facciones alargadas y en equilibrio de ese tipo de realeza judía que uno…, bueno, no espera ver trabajando en una recepción. No pudo evitar sentir una punzada de envidia

-Buenas noches, Leonora Rosenblat, encantada. ¿Dime, en que puedo ayudarles, queridos?

Al ver que Henrry de había quedado patéticamente corto de palabras, Hannah le devolvió la sonrisa cortes.

-Nuestros padres acaban de hacer el Check-In-

Ella asintió y tomo una llave de su escritorio para abrir un cajon

-Claro, la prima del jefe Ackerley, debí verlo en tu rostro…-, dijo, rebuscando en un cajón. Evidentemente no estaba acostumbrada a aquel puesto, tanto por su trato casual como por que se veía francamente desubicada, tardo unos amplios cinco minutos en encontrar lo que buscaba.- Ya esta, seiscientos diecisiete-, dijo con un suspiro de alivio, tendiéndoles un llavero con dos llaves de cobre idénticas, marcadas “0617″. Hannah las tomo con amabilidad, antes de que la aristócrata venida a menos volviera a tomar la palabra

-Estamos algo cortos de personal, así que si necesitan, cualquier cosa, solo marquen el numero de la suite catorce, esta en marcación rápida en el uno de todos los teléfonos. – les dedico una sonrisa algo extraña- Y cuando se vayan, disfruten su nueva casa, es una de las mejores de este lado del pueblo

Henry solo la miro como si les hubiera sugerido comerse las cabezas de león disecadas de la pared, Hannah solo enarco una ceja en un gesto de educado interés. La recepcionista, al parecer no tan venida a menos, solo le dedico un sonrisa.

-Se la están comprando a mi hermano ¿saben? el y su esposa planeaban mudarse allí después de casarse, pero la…-se corto un segundo, como si se pensara dos veces lo que iba a decir- … epidemia se llevo a mis padres, y ellos prefirieron quedarse en nuestra casa. -sus ojos se oscurecen por una fracción de segundo, después les mostró otra sonrisa radiante- Pero los estoy aburriendo, en cualquier caso, ¡Bienvenidos a Uncanny Valley!-

Sale sobre sus Loubutins incluso mas rápido de lo que llego, dejando a Hannah perpleja. Ella solo le pone una mano en el hombro a su hermano y suspira, acercándose unos pasos a un elevador

-Ven, Henry, nos vendrá bien dormir un poco.

Sin decir nada, suben las siete plantas que los separan del 6017 y al entrar, lo único que ven en la habitación, decorada con el mismo estilo extravagante que la planta baja del hotel, son dos camas de aspecto increíblemente confortable y mullido.  Hannah le deja  a Henry la que esta junto a la ventana sin intentar siquiera discutir, entra a un baño al que tampoco le presta la atención que se merece y se pone la camisa de su padre y los shorts de tela elástica negra que esa como pijama, se cepilla rápidamente el pelo y cae agotada bajo el edredón de plumas, para descubrir demasiado tarde que se le ha ido el sueño.

Agotada, voltea hacia Henry y antes de que puede pensar en cualquier otra cosa, mira por la ventana.

La chica sigue sonriendo.
…………………………
Siguiente capitulo

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