02- Two Little Girls In Blue

 .:.1891.:. 

“El mal arde en llamas verdes”, era la primera frase del libro que había venido a buscar, el libro que le quitaba el sueño. 

Se habían encontrado en el mismo lugar de siempre, el jardín interior de la casa abandonada que había pertenecido a los Blackwood, extintos cincuenta años atrás. Las enredaderas, las rosas de cementerio y otras malas hierbas habían invadido los muros, el suelo. las columnas que decoraban en jardín al viejo estilo romano y habían subido por los fresnos y abetos que seguramente habían sido plantados  con algún sentido decorativo, pero con las lluvias frecuentes casi diarias y la tierra fértil del pueblo, se habían multiplicado sin ningún control , creando una espesura idónea para encuentros fugaces, como los de ellos dos.

Pero aquel día, Gaspard Poisset, alto, esbelto y de atractivos ojos oscuros, prometido y pronto a casarse apenas fuera primavera, no venía a jugar juegos de enamorados con Serena Ackerley, no menos prometida que él, aunque desafortunadamente, a su hermano, que en opinión de Gaspard era un pobre ejemplar para representar a la familia Poisset. Aquel día  venia a recuperar algo que le había sido robado. Aunque estaba resultando evidente que no sería algo fácil 

-Pero, ¿Que dices?… ¿Robarte yo? si solo lo he tomado prestado…-

 Lo miraba, risueña, con esa sonrisa que él no podía resistir, dos dientes blanquísimos se dejaban ver a través de sus labios rosados y lo miraba, con un gesto burlón en sus enormes ojos azules. A veces olvidaba que, en el fondo ella era todavía una niña. Una niña que no entendía el peligro en el que se metía, en el que los metía a los dos.

-Pues podrías devolvérmelo, ya que estamos. ¿Tu familia no tiene uno igual?- Dijo, sin poder controlar sus nervios, pasándose una mano por los rizos castaños. Los de ella eran dorados, Serena decía que ellos eran chocolate y vainilla. El nunca contestaba que el cabello de su hermano era del mismo color, chocolate, también. 

-Pero el tuyo esta en francés… igual y quiero aprender un poco, ser una chica culta, tu sabes. – Dijo ella, imitando su gesto. Se pregunto cómo había conseguido llegar hasta allí sin arruinar la pequeña cursilería de encaje blanco que la cubría del cuello a los pies. Si, antes de emigrar, los Poisset habían sido de esos británicos que tenían siempre un pie al otro lado del canal. Y el libro era diferente, pero de ninguna manera por el idioma en el que estaba escrito. Él lo había hecho diferente, había añadido notas basadas en su contenido, tratando de explicar los sucesos anormales que habían tenido lugar en los últimos meses, sus notas podrían ser lo que lo salvara a todos, pero las necesitaba, necesitaba comprobarlas, pero no le podía decir eso a ella ¿cómo iba entender? 

-Serena, por favor, no hay tiempo para est0- El sudor corría por su frente, no quería una discusión real con ella 

-¿Ya no tienes tiempo para mi? – se reía- Oh, eres cruel ¿te lo han dicho? 

-Me han dicho muchas cosas… dame el libro, Serena 

Ella se rindió con un gesto travieso, extendiendo el brazo hasta el fondo de la fuente seca sobre la cual estaba sentada. Le extiende el libro con un gesto dramático 

-Ahora, he perdido mi poder sobre ti- dice, llevándose el dorso de la mano a la frente

No digas tonterías- le responde, tomando el libro y abrazándola. Oye un gemido ahogado y puede ver el encaje blanco volviéndose rojo lentamente, se separa un instante de ella, hay dolor y confusión en su cara.

El solo alcanza a componer una mueca de horror

Ella lo besa, angustiada, desesperada, y el también la besa profundamente, incapaz de comprender, sintiendo como su vida se desvanece entre sus brazos. Solo cuando siente un fría puñalada de acero clavándose desde atrás en sus pulmones comprende que ha recuperado el libro demasiado  tarde.

los dos caen juntos en un charco color carmesí. Lo último que ve Gaspard Poisset, mientras agarra con sus últimas fuerzas la mano de Serena, es una cerilla que cae a la sangre e inicia un fuego antinatural, de brillante color esmeralda. 

“El mal arde en llamas verdes”, dice el libro.  

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Apoyada en el barandal de hierro forjado, Rose Poisset espiaba el pueblo desde el balcón de su habitación, harta del verano.

Harta del calor, aunque de todas maneras en Uncanny Valley nunca llegaba a hacer más que una leve tibieza, harta del empalagoso té helado, de los estampados cursis que se habían puesto de moda aquella temporada, del tiempo libre, del estridente sol estival y del clima seco, harta de su casa .

La casa de los Poisset era una mole de mármol blanco y negro, cortinas de damasco, alfombras terciopelo rojo y jardines franceses que coronaba el este del casco norte del pueblo, muy bonita. Muy bonita, y muy vacía, aunque claro, seguramente el ilustre antepasado que la levanto jamás había imaginado que la familia algún día se vería reducida a tres personas. Había sido construida con generosidad, con suficiente espacio para que varias generaciones convivieran dentro de sus muros. Ahora todo eso parecía una broma de mal gusto, pensaba Rose entre tragos del que realmente debía ser el peor te que había probado en su vida.

No debería estar allí, en realidad. En verano nadie estaba en casa, era la idea de tener vacaciones, al menos en teoría. Pero hacia bastantes veranos que los Poisset no salían del pueblo, trece veranos, exactamente.

Los mismos trece veranos que habían pasado desde el final oficial de la Epidemia, que había matado a mas de una tercera parte de la población del pueblo, entre ellos los padres, tíos, abuelos y al hermano mayor de Rose, además de a Elyas Rosemblat, el esposo de su hermana Lara, que en esos tiempos esperaba su primer hijo. Y Lara había quedado al mando. La Epidemia, la enfermedad, cualquiera que fuese, se había ido hace mucho tiempo, todos sus rastros parecían haber sido borrados, Rose podía contar con los dedos de una mano las veces que la había oído mencionar de manera directa en toda su vida, y aun así le sobrarían dedos. Aun así, Lara detestaba separarse más de unos cuantos kilómetros de ella o de su hijo, Claude, y tampoco parecía gustarle salir del pueblo.

Habían logrado un escasa semana en Nueva York con Leonora, le hermana menor de Elyas, a quien recientemente Lara había dejado a cargo del hotel, pero eso había sido hacia un mes, y el pueblo estaba vacío.

Extrañaba el invierno, “El frió nos obliga a acercarnos”, solía decir la abuela de Daphne, no lo diría en voz alta jamás, pero necesitaba gente alrededor, aunque detestaba el ruido y la charla inútil, la necesitaba para no sentir que vivía en un cementerio. Lara, en cambo, pasaba con el menor contacto humano posible, ella estaba cómoda con sus fantasmas.

Una mano infantil le arrebato la edición de Vogue que fingía mirar. Intentando disfrazar una sonrisa como una mueca de fastidio, Rose volteo hacia Claude

-Oh, ¡veamos que está de moda esta temporada!- Dijo él, abriendo la vista con muchos aspavientos, con un gesto de concentración extrema -Parece que la piel de víbora viene fuerte ¿Que harás al respecto, Rose? No querrás despellejar a tus amigas ¿O sí?-

Rose no pudo contener una carcajada, tomando otra revista en su mano, enrollándola para darle a Claude en la cabeza -Venga, crece un poco

Claude levanta las manos en un gesto de rendición, devolviéndole  la revista- Eh, tranquila, solo quería comprobar si seguías viva.

-Viva y molesta, enano.

-¿Que, enano yo? Para nada, he crecido diez centímetros este verano.

Rose se permitió reírse de su broma tonta. Aunque sus bromas no harían reír a una calabaza, le agradaba Claude, no podía evitarlo. Se parecían mucho, además de tener los mismos ojos, almendrados, grandes  y oscuros, el mismo cabello que caía en bucles castaños -aunque el de Claude, por la herencia de los Rosenblat, era de un color mucho más claro- , la misma nariz respingada y los mismos pómulos altos, Rose y Claude se entendían, no les gustaban el ruido ni la charla idiota, entre ellos no había silencios incómodos. Rose sospechaba que si hubieran sido su hermano y no su sobrino tal vez no habrían tenido una relación tan buena, hasta cierto punto, ella se sentía responsable por él.

-¿Te quedas un rato?

El solo le agradeció amablemente, pero negó con la cabeza.

-Los Donovan me han invitado a pasar la tarde…-Rose le puso mala cara, Emily Donovan era una niña adorable, menos de un año menor que Claude, pero su hermano mayor, Zacharias, con trece años, solo un par de meses mayor que él, tenía un expediente casi más largo y escandaloso que varios chicos de la edad de Rose, y definitivamente la incomodaba la idea de que Claude lo tuviera demasiado cerca. Aunque bien vista, su preocupación era una idiotez, se veían en la escuela todos los días. Cuando no era verano. Estúpido verano.

-¿Algún motivo en particular?- no pudo evitar soltar, en tono desconfiado

-Rosie, no seas aguafiestas.

Y, de verdad, Claude no había tenido mucha mas vida social que ella aquellas vacaciones, seria cruel negárselo, en el fondo hasta sentía cierta envidia. Le revolvió el cabello con una mano, despreocupada.

-Pues ve, se te hará tarde.

Él le sonrió débilmente y se fue.

Él le sonrió y salió disparado escaleras abajo. Rose suspiro, a veces, pensaba que hubiera sido mejor que fuera un fastidio,  como los chicos de su edad solían ser… pero Claude era tan amable, tan comprensivo, tan… triste. Rose no recordaba la ultima vez que lo había visto sonreír de verdad.

Se propuso dejar las reflexiones miserables, la vida seguía.

Además, la vista desde aquel balcón no era nada miserable. Era suficientemente alto como para ver todo lo que ocurría en casco norte, “protestante”, de Uncanny Valley. Aunque no ocurría mucho, seguía siendo una vista excelente.

Sonaron siete campanas, las de  Saint Peter’s, casi al mismo tiempo con las de Santa Cecilia, al otro lado de la ciudad. Su padre la había contado alguna vez, cuando era muy pequeña, que poco más de un siglo atrás, cuando todavía existía cierta tensión entre el lado sur y el lado norte del pueblo, ambas iglesias se saboteaban las campanas mutuamente. Ahora, el acorde disonante que marcaba las horas era uno de los pocos recordatorios de la larga disputa entre católicos y protestantes.

En un principio, Uncanny Valley era solo lo que ella conocía como el casco norte; la iglesia de Saint Peter’s, algunas granjas desaparecidas mucho tiempo atrás y las casa de las tres familia fundadoras, los Lauridsen y los Van Der Graff, holandeses, y los Greengrass, británicos, todos rubios en distintos grados.  Los Lauridsen llevaban mucho tiempo extintos, aunque su sangre corría en grandes cantidades por las venas de las otras familias fundadoras, que no habían perdido oportunidad de emparentar y volver a emparentar a lo largo de los siglos.

Ahora, lo que antes era la mansión de los Lauridsen era el ayuntamiento del pueblo. Después, junto con los Donovan y los Fossoway, estos también extintos actualmente, había llegado su familia, se empezaba a formar en el pueblo una sociedad que seguía el modelo de las colonias británicas, blanca, anglosajona y protestante, al menos en un principio.

Aun asi, los primeros católicos, los McNamara, irlandeses de sangre vieja y cierto grado de aristocracia, no llegaron por casualidad. Desde el desembarco de la nave que los trajo desde Cork, tomaron el camino derecho a la pequeñísima Villa que Uncanny Valley era por aquellos tiempos, como si fuera el único lugar digno de interés en el nuevo continente. Aunque lo cierto es que no habían sido muy bien recibidos. Lo mismo habían hecho los españoles, De la Vega y Del Valle, de los cuales solo los últimos sobrevivían.

Los irlandeses, los españoles y eventualmente algunos italianos y alemanes católicos construyeron sus mansiones y su iglesia al sur de la villa planeada por los fundadores, con un tenso pacto de paz basado mas que nada en la necesidad, el enclave era frágil y se necesitaban todas las manos para defenderlo, diferencias ideológicas aparte.

Con el tiempo, el casco Norte se convirtió en el centro oficial del pueblo, con el ayuntamiento, los archivos y la comisaria, pero los hoteles, comercios y restaurantes se mudaron inevitablemente al casco sur, el más cercano a los caminos y a los otros pueblos. De cualquier manera, la división forzaba a los Protestantes a visitar el casco sur con cierta regularidad y lo mismo para los católicos para cualquier asunto oficial. Rose suponía que el cruzarse tan seguido, lentamente, a través de doscientos años había sido lo que había llevado a la tolerancia cada vez menos tensa de principios del siglo XX

En marzo de 1911 se celebro el primer matrimonio Greengrass-McNamara, lo que llevo a que en 1916 el Trinity, único colegio del pueblo, dejara de celebrar misas obligatorias y el Club de Campo dejara de tomar la pertenencia a la parroquia de Saint Peter como requisito la membrecía.

Y ahora, en pleno siglo XXI, ambas iglesias eran solo otro lugar social, la religión, cualquiera que fuera, era un accesorio que se usaba solo los domingos. La división era un mero asunto residencial. De todas maneras, las rencillas dentro del pueblo habrían sido innecesarias; ya eran bastante odiados en los pueblos vecinos.

El sonido agudo del timbre asesino su pequeño recorrido histórico, justo cuando pensaba que tal vez sería hora de entrar a casa, de todos modos.

No se había cruzado con Lara en todo el día, había días así, de manera que simplemente tomo las llaves de su tocador y bajo las escaleras sin demasiada prisa. Cuatro años atrás se habría deslizado por el barandal, pero ya no estaba en edad de niñerías. Siempre le costaba un esfuerzo más o menos grande abrir la puerta principal, que tenía al menos dos veces su altura y debía pesar una media tonelada.

Al abrir se encontró con un trío bastante asimétrico, un hombre alto y razonablemente atractivo, de unos treinta y pocos, vestido de manera formal, más apta para una reunión de negocios que para una visita casual, con el cabello color avellana peinado hacia atrás. León Rosenblat, hermano gemelo de Leonora (Si, que original, ¿no?) y por lo tanto, tío de Claude. A él lo veía bastante seguido por allí. Y una de las mujeres, Reiko Sato, que parecía imitar a Morticia Adams, alta, mortalmente pálida, con el cabello recogido en una cola alta, era la mejor amiga de Lara. La otra era baja a comparación con los otros dos, de la misma edad, de cabello rubio cenizo, ojos azules y piel bronceada, indudablemente una Ackerley, la hermana del jefe de policía. Aunque ahora su apellido era Labadie, Rose había asistido a la boda algunos años atrás, como todo el pueblo, aunque en realidad no la conocía demasiado bien.

¿Por que eran un trío extraño? para empezar, Reiko y Leon, a pesar de ser de las menos de cinco personas que podían pasar más de cinco minutos de visita en casa sin que Lara se cansara, jamás se habían caído bien. Rose se habría atrevido a decir que se odiaban. Y la hermana del jefe Ackerley, aunque no tanto como su hermana, también era bastante reservada y no solía tratar mucho a nadie fuera de su círculo más cercano. Además, de cierta manera, se veían incómodos juntos, reforzando la impresión de que no se trataba de un visita casual, aunque apenas notaron que Rose reparaba en eso mudaron sus rostros a perfectas sonrisas suburbanas

Reiko fue la primera en hablar, con una sonrisa de anuncio en sus labios, del color más rojo que  la maison Dior podía ofrecer

-Rose, guapa ¿Como estas? ¿Estará tu hermana, en casa, de casualidad?- su tono de voz, siempre empalagoso y atractivo en alguna manera perturbante, siempre conseguía intimidar a Rose, eso y ella misma, que había regresado al pueblo hacia poco más de un año, después de una breve ausencia y enviudar por ¿tercera? vez. Pero ahora, por primera vez, creía poder distinguir microscópicas notas de inseguridad. Pues bien, el día se volvía interesante a segundos.

Ella solio asintió ligeramente y los invito a entrar, conduciéndolos a la sala mientras hacia algo de platica cortes, por obligación mas que otra cosa,

León pregunto por su sobrino, cuando Rose le dijo a donde había ido, solo asintió y menciono que Leonora estaba allí, probablemente ella podría llevarlo a casa después, ya empezaba a oscurecer y no le gustaba la idea de Claude caminando solo por la noche. Rose solo murmuro “Por supuesto” con una sonrisa, la actitud de León y Leonora hacia Claude no se diferenciaba mucho de la de su hermana, que seguramente le daría una reprimenda por no haber acompañado a Claude a casa de los Donovan. Después de unos minutos más de plática menor, solo lo indispensable, se excuso brevemente  y subió a avisar a Lara.

Encontró a su hermana justo de la manera en la que había imaginado. Sentada en su escritorio, frente a una ventana con una vista incluso mejor que la del balcón de rose, los últimos rayo del sol dándole directo a la cara sin que a ella pareciera preocuparle, con el mismo camisón blanco de encaje de siempre, los rizos oscuros esparcidos en desorden sobre su espalda, escribiendo a mano, con una pluma estilográfica sobre unos papeles amarillentos como si le fuera la vida en ello.

En días normales, Lara era sobria, algo seca, siempre algo ida. Su vida estaba en otro lugar, uno que a Rose no le gustaba imaginarse, porque presentía que ella también podría querer quedarse allí.

Claro que no estaba siempre deprimida. Tenía días como aquel, en los que, de repente, tomaba la pluma, Rose siempre se había preguntado que escribiría, de lo que no le hablaba a ella ¿cuántas cosas si les confiaría a sus papeles viejos? De todas maneras, en sus pequeños episodios literarios abandonaba momentáneamente su actitud gris de todos los días, lo que sería bueno, muy bueno, si no la reemplazara otra, hipersensible, hiperactiva, malhumorada.

Rose sabía que era atractiva, lo sabía muy bien, pero por alguna razón era en aquellos momentos cuando se daba cuenta de que Lara era hermosa de una manera a la que ella jamás podría aspirar, incluso así, con el cabello despeinado, la mirada clavada en el papel y un camisón de anciana, lo único que la consolaba era que tampoco ninguna otra mujer que ella conociera se podía comparar con ella. Eso y que no salía mucho de casa. Lara volteo hacia ella, haciendo que una cascada de desordenados rizos se agitara tras de su cabeza, con leves destellos dorados, como los que parecían emanar se su piel clara, también expuesta al sol flojo del atardecer.

-¿Quién era, Rosie?

Ella y Claude eran los únicos que la llamaban así. Si, “hola hermanita, buenos días ¿Como estas? no te he visto en un tiempo” y  “Oh, sí, yo estoy bien, ¡Gracias por preguntar!”. En fin, al menos recordaba cómo hablar.

-Quien es. Quienes.

Lara suspiro, evidentemente hubiera preferido seguir con su pluma estilográfica.

-¿Quienes?

-Leon, Reiko y la hermana del jefe Ackerley.

Su hermana levanto una ceja, Rose se encogió de hombros

-¿Los tres?

-Los tres. Parece importante

Lara asintió, acomodo sus papeles amarillentos y su pluma para guardarlos bajo llave en un pequeño baúl de caoba debajo de su escritorio, ella siempre tenía que hacerlo al estilo antiguo ¿Por qué no se compraba un diario?

Después, pareció que Rose había desaparecido, porque prosiguió a sacar ropa del armario, preparar una toalla, abrir la puerta de al lado de su cama y desaparecer en el baño sin volver a mirarla. Rose rodó los ojos y volvió a bajar.

Lara bajo completamente arreglada en un tiempo récord, no tuvo que entretenerlos con trivialidades mucho tiempo mas, gracias a dios. Su expresión mostraba la amabilidad prefabricada que se solía usar para recibir visitas, pero Rose notaba que en su semblante había precaución, algún tipo de desconfianza cuyo motivo se le escapaba totalmente. Tal vez Sarah Ackerley (o Labadie, solía olvidar los nombres de casada) no fuera una intima, pero Leon y Reiko eran como de la familia. Los miró  a  los tres con un gesto interrogativo

-Sarah, Leon, Reiko… es un placer verlos, pero díganme ¿A que debo el honor?

-Directo al grano, como siempre. Conservas tu estilo, cuñada.

León soltó una risa ronca, pero Reiko se quedo quieta, tensa, y Sarah suspiro, cansada.

-Tal vez no sea algo que consideres apropiado para Rose -la miro un segundo, acomodándose con las manos el cabello cenizo-Sin ofender, querida.

Rose apretó los puños.

-Está bien, supongo que saldré un rato. Hay cosas más interesantes fuera, en realidad.- dejó caer con el toque justo de ironía, se despidió cortésmente y busco su bolso antes de salir de un portazo por la puerta principal.  Como si allí pudiera pasar algo “no apropiado para ella”. Por más que trataran de ver otra cosa, la paranoia de la Epidemia era lo último digno de mención que había pasado en sus vidas.

De todas maneras, era una buena excusa para salir.

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Camino al centro, se cruzo con una construcción imponente, algo mayor que su casa. Hacia unos años, una familia había vivido allí. Ahora, parecía haber sido devorada por la hierba, siempre al acecho, las paredes cubiertas de enredaderas, la puerta principal abierta de manera descuidada. Rose se sintió descompuesta y cerró los ojos un segundo.

Decidió que iría por un helado, solo un poco más al sur que el Ayuntamiento, que era el centro exacto del pueblo. Apuro el paso, dándole la espalda a la casa muerta.

Los últimos rayos del sol ya estaban desapareciendo, Lara se ha olvidado incluso de su prohibición terminante de salir de noche. No se cruzo con nadie hasta llegar al ayuntamiento, que por esas horas tiene el momento más ocupado de su día. Uncanny Valley y los pueblos vecinos, Hamleton, separado por el bosque del casco sur y Riverside, que Oh, sorpresa, se encontraba al lado oeste del rio que también cruzaba el Club de Campo. La gente de Uncanny Valley consideraba a los habitantes de los pueblos aledaños como vulgares, escandalosos y con muy poca clase, y, a su vez, ellos los consideraban indignos de confianza, snobs y buenos para nada. Sonrió, complacida al pensar que también les daban un poco de miedo. Bastante.

Pero por más pésima que fuera la opinión de unos sobre otros, Uncanny Valley estaba demasiado poco poblado y tenía demasiados negocios, en los cuales alguien tenía que trabajar. Riverside, de aproximadamente la mitad del tamaño de Uncanny Valley, lo doblaba ocho o nueve veces en población. Y no tenía suficientes empleos.

De cualquier manera, al contrario de lo que había sucedido con los Catolicos y los Protestantes, el contacto diario entre los habitantes de Uncanny Valley y los trabajadores solo parecía agriar aun más las relaciones, pensaba Rose fijándose en que ninguno caminaba solo, formaban pequeños grupos para salir de sus lugares de trabajo y dirigirse a la central de autobuses, y aunque era verano, muchos se aferraban nerviosamente a sus chaquetas, cubriéndose de un frio que no existía

Se podía pensar que era una cuestión de clasismo, y en gran parte lo era, pero en Hamleton y Riverside también había gente rica y no solo nuevos ricos, también algunas familias casi tan antiguas como los Greengrass o los Van Der Graff, aunque solo escuelas públicas, por lo cual más de la mitad de los estudiantes del Trinirty no vivían en Uncanny Valley. E incluso ellos no eran bien recibidos allí

Rose notaba que mucha menos gente salía del Emporio, el hotel de su familia, que de los demás negocios, a pesar de ser el más grande. Leonora le había comentado alguna vez que no era nada fácil conseguir gente dispuesta a hacer un trabajo que incluyera pasar las noches en el pueblo. Cobardes.

A unas pocas cuadras del ayuntamiento, se encontraba una pequeña dulcería a la que Rose le tenía un afecto especial. Parecía no haber cambiado en nada desde su fundación, en 1948, como anunciaba el cartel de la entrada, y era una de las pocas que realmente fabricaba sus productos. apetitosas manzanas de caramelo, nueces garrapiñadas, amarillísimos caramelos de limón y casi obscenas bandejas llenas de chocolates se presentaban frente a ella en anaqueles de colores chillones y mal combinados. Era más divertido ir con Claude, porque ella siempre caminaba hasta la nevera, al fondo del pequeño y abarrotado local y elegía el mismo helado de fresa, doble, por favor. El dueño, un anciano simpático y un poco cínico que llevaba el lugar él solo, ni siquiera se molestaba en preguntarle nada antes de servirle lo mismo de siempre, con una sonrisa solo ligeramente burlona.

-¿Tan guapa a estas horas de la noche, señorita?- dijo, a modo de único saludo y con bastante insolencia mientras buscaba el cambio en su máquina registradora. Cierto, ya había oscurecido.

Curiosamente, después de la visita triple le sentaba muy bien aquel comentario. Reiko le diría “Guapa” aunque pesara ciento veinte kilos y tuviera una gemela-tumor colgándole de la espalda. El tono irreverente del viejo le mejoro un poco el humor.

-Me veo bien a todas horas, pero gracias de todas maneras- Le contesto, tomando su cambio con un sonrisa retorcida en la cara

-Un adorable color, el azul. Muy de moda últimamente…-Replico vagamente, volteando hacia la salida, indicándole algo.

Vaya, el viejo había ganado aquel mano a mano.

A unos pocos metros, sentada en una banca, había una chica que parecía haber elegido aquel momento para terminar de arruinarle el día. No era el mismo color, no era un vestido parecido. Era exactamente el mismo conjuntito de Tori Burch del cual se sentía tan orgullosa. El mismo, exactamente. Y además se comía a pequeñas lamidas un cono doble de fresa. Aquello era demasiado.

Sin despedirse del dueño, salió de la dulcería e intento relajarse. Le gustaba ir de compras, probarse modelitos, pero no nunca se había considerado tan superficial como para molestarse por algo como eso, y sin embargo, estaba molesta. Muy molesta.

Camino en dirección contraria a la rubia, que seguía con su helado plagiado, para no cometer la estupidez de armar una escenita como la habría armado Daphne, por ejemplo. El helado era tentador, podía tener un efecto desastroso en las telas… ¿Pero que estaba pensando? desde pequeña se burlaba de Daphne y Lilibeth por darles tanta importancia a aquellas pequeñeces. Ahora que estaba plenamente en el casco sur, había bastantes lugares a los que podía ir.  Cuando ya estaba lo suficientemente lejos,  se fijo en el un árbol cerca de la iglesia de Santa Cecilia, pensó que sería un buen lugar para acabar su paseo vespertino, pero… ¿Se estaba volviendo loca? O tal vez la rubia tenía el poder de la tele transportación. Allí estaba, mirando el paisaje. Vestida igual que ella. Pero ella lo llevaba mejor, ¿no?

Desesperada, entre la gente que se dirigía a la estación de autobuses y se dispuso a terminar su helado y tal vez tomarse una aspirina en el hotel, donde siempre era bien recibida. Sí, eso es, probablemente la chica solo es producto de su imaginación. Después de todo, nunca la ha visto antes, y aquel conjuntito de Tori Burch es demasiado caro como para que alguien que venga a trabajar dese Hamleton o Riverside pudiera permitírselo, y ningún chico rico de alguno de esos pueblos se daría un paseo voluntario por Uncanny Valley en vacaciones. De noche, además.

se detiene en la acera cuando ve uno de los primeros autobuses a Riverside pasar frente a ella. Y cuando el autobús se va. de nuevo. Allí esta, varios pasos adelante de ella. Viéndola mejor, le recuerda a alguien, mucho. Suelta un gruñido y se da media vuelta, tomando una dirección que no usa muy seguido para ir al hotel. ¿Se ha golpeado la cabeza, sin darse cuenta?

Profundamente alterado, respirando con lentitud para calmarse, cruza las pocas calles que la separan del hotel, las farolas ya están encendidas, pero aun así, hay muy poca gente en la calle y comienza a sentir nervios, apresura aun mas su paso hasta llegar al hotel. El mayordomo, uno de los pocos valientes y fieles empleados a tiempo completo del Emporio, la reconoce de inmediato y la lleva al lobby bar. Ha tirado su helado por el camino, solo toma agua mineral y una aspirina, dos. ¿Qué le pasa?

Sin poder recuperar el control de sus nervios todavía,  sale al jardín del Emporio con su vaso de agua mineral. Con imágenes atravesadas de Lara, los tres maridos sin cara de Reiko Sato, de la estúpida rubia, de sus padres, de la maldita rubia otra vez y de un hombre parecido a Claude y otra rubia a la que no logra ubicar.

Entonces pasa frente a ella, como una de las bromas estúpidas de Claude, sin ninguna razón ni sentido. El momento en el que se atreve a mirarla a los ojos y dedicarle una sonrisa presuntuosa habría sido una declaración de guerra si ella no se hubiera adelantado cruzando su pie en el camino de aquella molestia. Pero la rubia es rápida, también, y al caer se aferra al bolso de Rose para arrastrarla consigo.

Por un segundo, siente la tentación de tirársele encima y quitarle esa sonrisa estúpida de la cara, pero pone todas sus fuerzas en contenerse. Las peleas de gatas se llaman así por una razón. Decide tomar ventaja y levantarse primero, ofreciéndole la mano con su mejor gesto de amabilidad.

-Oh, perdóname, no te he visto ¿Te has hecho daño?

La rubia empieza a hacer una mueca, pero entiende el juego rápidamente, le sonríe y acepta su mano, clavando sus uñas solo un poquito al levantarse

-Para nada, cuesta bastante que me hago daño ¿Sabes?

La sonrisa de Rose solo se ensancha

-Por supuesto. Lindo conjunto, es una pena que el azul no sea tu color

-Oh, gracias, es fabuloso que puedas ver que aun así, de todas maneras me queda mejor a mi. Tu peinado es lindo, tambien.

La caída ha convertido se pelo en un completo desastre, y sabe que ese estilo no le queda ni la mitad de bien que a su hermana. Aprieta los dientes y sigue sonriendo

-Oh, tu pelo también es divino ¿Dime, es teñido o tu color solamente es así de feo?

-Es una pena que pienses eso, es del mismo tono que tus zapatillas baratas. Por cierto, hace frio aqui, ¿no crees? Tal vez podamos seguir conversando dentro, me encantaría conocerte mejor… ¿sabes? soy nueva en el pueblo, aunque tu has tardado muy poco en conocerme

Tiene que admitir que la chica es buena, hay que ser una veterana para advertir la descarada amenaza implícita en aquel comentario. Pero Rose también sabe jugar. Y juega mejor.

-Por supuesto.

De vuelta en lobby bar, gana algo de ventaja con la deferencia con la que la tratan los meseros, la información sobre su familia y el hotel cae como de casualidad, sin quererlo. Ella menciona que tiene familia en el pueblo, Ackerley, claro ¿cómo ha podido no notarlo? También averigua que planea entrar al Trinity.

-Oh, eso es increíble, pasaremos buenos momentos juntas, te lo aseguro.

Con un brillo casi insinuante en sus ojos verdes, acepta el reto.

-No puedo esperar. Bueno, es tarde. Nos veremos, Rose Poisset.

Pronuncia su nombre con desdén, casi compadeciéndola.

-Oh, claro que nos veremos, Hannah Atherton.

Ella gana, lo pronuncia como si fuera una enfermedad. Se dan un fuerte apretón de manos, en el que también hay cierta cantidad de uñas de por medio. Se dan sendos besos en las mejillas, que caen en el aire y Hannah se va. Despidiéndose con la mano.

-Ha sido un placer.

Pide otro vaso de agua mineral y se lo bebe de un sorbo, con satisfacción pura. Ya era hora de que el verano se volviera interesante.

Curiosamente, el pequeño encuentro ha mejorado su humor, por lo cual le dirige una sonrisa real, radiante, al viejo mayor domo cuando se acerca a ella. Pero el no sonríe, en aquellos veinte minutos parece haber adelgazado veinte kilos. Sus ojos están inyectados de sangre, encajados en negras y vacías ojeras, mirando de una manera tan fija y vacía que es Rose incapaz de apartar la mirada, aunque todo su cuerpo este temblando, siente como sus dientes se clavan en sus labios y sus uñas en la madera de la barra mientras el hombre avanza con paso tambaleante, silenciando la habitación. También el se apoya en la barra, acercando su cara a  solo unos milímetros la de Rose. Respira como un ahogado y susurra con hilo de voz agonizante

-Regresa-Es lo único que alcanza de decir antes de que la sangre llene su boca y de caer al suelo, manchando la alfombra blanca y dejando una sombra purpura extenderse sobre el vestido azul de Rose.
……………………….
Siguiente capitulo

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4 comentarios el “02- Two Little Girls In Blue

  1. PRIMERO! Jajajaja. Alguien iba a hacerlo algun dia ¿no?

  2. Fede dice:

    Holis. AMÉ, el personaje de Rose. Realmente me encantó. Al igual que la información dada. Ya estoy esperando el próximo capítulo para saber un poco más sobre la trama de la historia.

    La narración y la forma de llevar a los personajes es extraordinaria. De nuevo te recomiendo revisar el capi antes de publicarlos por unos pequeños errores gramaticales; pero de la historia y los personajes, nada que decir, simplemente geniales.

    Ya está el bolg en Favoritos, espero el próximo capi 😀

  3. Me fascinó el prefacio, una bella narración, con ropa bonita y sabía que encontrarías nombres lindos para las familias de tu historia, sigue así Matt

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